Observo el cielo y por primera vez en muchos días, parece que la lluvia va a darme una tregua, a pesar de que las nubes siguen amenazantes. Decido
prescindir del traje de lluvia, veremos a qué precio pagaré mi atrevimiento. Abandono
Alta, en principio, con la intención de llegar a Tromso, aunque va a ser
difícil dada la accidentada orografía noruega. Al poco de dejar Alta, me
interno por la carretera E6, que avanza serpenteando por las orillas del
Altafjiorden.
Para atemperar el cuerpo, me detengo en un café, al estilo de los suecos
pero bastante más rústico. Este tiene aspecto de bar rural, no de casita de la
abuela, pero el olor de sus peculiares crepes me hace la boca agua.
Al salir,
entablo conversación con un belga, que en cierto modo me confirma lo que me
parece estar observando. Según me cuenta, es la tercera vez que viene a
Noruega, pero no piensa volver dado el carácter de caza al turista y precios
disparatados que esta adquiriendo el país en general, y esta región en
particular. Viniendo yo de un país en que esa materia casi que se imparte en
las escuelas, no me parece tan descarado, aunque no tengo más remedio que darle
en parte la razón. El enfoque turístico de esta región, Cabo Norte incluido, es
bastante descarado. El belga me recomienda Finlandia, o la gran desconocida, la
península de Jutlandia en Dinamarca. Según él, grandes paisajes y gente
encantadora. Me apunto lo de Dinamarca para la vuelta, y me despido del belga.
Los paisajes se suceden, a cual más impactante. La carretera revirada y
bastante estrecha obliga a tener un ojo siempre puesto en ella, aunque es
imposible no ir echando miradas fugaces al fiordo y a las imponentes montañas.
El colmo se alcanza en Lyngen. Frente a mi, montañas que superan los 1200
metros se precipitan directamente al mar en un marco de belleza incomparable.
Por mucho que os explique, me es imposible contar lo que se siente viajando en
moto por esta carretera. Ni tan siquiera los 12º de temperatura impiden
gozarla. Tras varias horas sobre la moto, me doy perfecta cuenta de que el
descenso a través de Noruega puede requerir bastantes más días que el ascenso
por Suecia. La combinación de carreteras estrechas y reviradas con limitaciones
de velocidad hacen el avance irremediablemente lento. Aquí, el límite al
atravesar una población, y hay unas cuantas, es de 70 a 50 km/h, dependiendo de
la densidad de población del núcleo. Lo característico es que los pueblos
noruegos son extensísimos, estoy seguro de que para albergar una población de
1000 habitantes se requiere una extensión similar a la que en españa ocupan
10.000 o más. Aquí no hay pisos, las casas están todas separadas, con su
jardincito, y a veces las poblaciones se componen de varios núcleos similares
al descrito. Pues hay que atravesar todo eso a 50 por hora. Y más te vale
hacerlo, porque si no te crujen, según me han contado. No veo mucha policía por
aquí, de hecho, no veo en absoluto. Aun así, los 4 o 5 noruegos que me preceden
en cada pueblo respetan dicha velocidad escrupulosamente. Tratar de promediar
más de 70 km/h va a ser inútil.
Cuando aún me faltan 100 km para llegar a Tromso,
me caen encima las primeras gotas de una lluvia que amenaza con aumentar. Como
con este tiempo tampoco me apetece pasear por Tromso, lo que era mi intención,
decido detenerme a la vista de un hotel de carretera. Resulta algo caro, pero
no tengo ganas de volver a coger la moto para buscar algo mejor. El hotel dispone
de un pequeño restaurante. En todo el viaje no he hecho ninguna comida decente
sentado en una mesa. Sin que sirva de precedente, me dispongo a degustar
la sopa de cangrejo de este restaurante, al parecer, famosa en la región.
http://2.bp.blogspot.com/-39SaPFKAv3g/Ueh8V150l0I/AAAAAAAAAPA/UZt_uNcvXuM/s1600/tarek.JPG
ResponEliminaNo me dirás que no te sentiste como James Bond en "Muere otro día"...
Abraçada!