dimarts, 23 de juliol del 2013

Día 17: Sortland – Svolvaer



km.: 345
Parto en otro lluvioso día (y van...) en dirección a Stokmarknes. Hans me recomendó tomar un buque de la Hurtigruten, una espece de expreso marítimo, parte fundamental de la historia de la zona y ahora más dedicado al turisteo. Pero justo ahí, en Stokmarknes, parte hacia el Trollfjorden, un fiordo absolutamente espectacular, con muros de piedra que se precipitan hacia el mar en un fiordo que sólo tiene 70 metros de ancho... y el buque pasa por ahí. Suena bien. Llego a la ciudad después de recorrer la isla por su costa Oeste, espectacular.
En Stokmarknes me dirijo al museo Hurtigruten. No parece haber nadie, sólo cuatro turistas despistados. Al parecer, en el edificio también hay un cine, un hotel y un museo, de todo menos vida. Me siento algo perdido, otra vez con el síndrome de las cosas familiares que son en realidad diferentes. No tengo ni idea de a quien preguntar, así que me dirijo a la primera señora que veo. Me remite a la salida de la ciudad, en un edificio llamado turist-no-se-que. Atravieso de nuevo el puente que lleva a la ciudad. En el turist-no-se-que, una chica con pocas ganas de trabajar, responde a mi pregunta de cómo conseguir billetes para el barco mirándome como si le hubiera pedido permiso para bailar claqué sobre el mostador. Cuando conseguimos entendernos, me dice que allí no gestionan nada de esos buques y que vaya al muelle y pregunte en el barco. Me parece raro, pero cruzo el jodido puente por tercera vez y me dirijo al muelle. Una valla cerrada luce un cartel que invita a los que quieran abordar el barco con su vehículo a que se dirijan a la vuelta de la esquina. Doblo esa esquina y allí no hay nada. Avanzo por el muelle, del Huntigruten desembarca una legión de jubilados, parece que saben muy bien qué hacer y se dirigen a la ciudad atravesando un corredor. Entro en el corredor con los jubilados, pero es sólo eso, un corredor que me devuelve a la verja de partida. Me siento un gilipollas recorriendo el muelle de carga de Barcelona con la intención de comprar un billete para Corfú. Cuando pienso que ya he hecho suficientemente el idiota me dirijo a mi moto. Este es un viaje en moto, ¿no? A la mierda el barco del inserso. En un pais tan organizado como este, le doy un suspenso al Hurtigruten. Probablemente tengas que comprarte el billete en cualquier otra parte y llegar al muelle con él en los dientes. Seguro que mi estilo basado en la absoluta improvisación tampoco es el mejor para casos como este. Para ser incero, mientras venía hacia aquí me daba cuenta de que lo que tenía ganas de hacer hoy era ir en moto, o sea que mis plegarias han sido escuchadas. Pongo rumbo a Harstad, cruzando el puentecito por cuarta vez, afortunadamente ya sin lluvia. La carretera es rápida y revirada, una auténtica gozada. Disfruto de las sensaciones que me produce la moto al conducir entre este paisaje.
En Harstad hago una visita relámpago al centro de la ciudad, está desierta, está claro que las seis y media no es la hora de irse de marcha por aquí, si es que hay alguna. Saliendo de Harstad se produce un fenómeno inesperado.
De repente, la capa de nubes que lleva acompañándome desde Sunne en Suecia, hace ya un siglo, desaparece por completo. ¿Qué es eso? ¡El Sol! ¡Y yo que me pensaba que se había ido a otra galaxia! Hacía más de diez días que no veía tal cantidad de cielo abierto. Con una sonrisa de oreja a oreja sigo conduciendo, es tarde, pero no me bajaría de la moto jamás. Se suceden paisajes increibles tras cada curva, me estoy acercando a Lofoten, según dicen, los paisajes más maravillosos de Noruega. Con lo que he visto hasta ahora, no puedo ni imaginarme lo que me espera. Helado, consigo llegar a Svolvaer, la base desde donde exploraré Lofoten sobre mi w800.

diumenge, 21 de juliol del 2013

Día 16: Andenes – Sortland


Km.: 111
Me levanto temprano, debo estar pronto en el Whalesafari Andenes. Miro por la ventana y... ¿adivináis? Pues eso. Al parecer, las previsiones que miré por internet no acertaron, y el día que dejé pasar no ha dado resultado, aunque tampoco me arrepiento porque pasé un buen día turisteando. En el centro nos dan una charla sobre el animal que vamos a ver, el cachalote, mientras visitamos su pequeño museo. Yo creía saber bastante sobre él, porque siempre me han interesado estos animales desde que leí Moby Dick cuando era un crío. Sin embargo, aprendí algunas cosas interesantes. Finalizada la charla, nos comunican que a causa del mal tiempo, se retrasa la salida una hora, por consejo del capitán del barco. Las noticias no son alentadoras. Para reponerme del madrugón, paso esa hora extra durmiendo en un sofá del centro, tras lo cual me traslado en moto al muelle.
Llueve a cántaros y el viento arrecia, sin embargo, vamos a zarpar. Me visto para soportar el agua con todo lo que tengo. Al poco de dejar el puerto, parte del pasaje empieza a caer víctima de los mareos. El barco lleva consigo una buena provisión de bolsas para tal contingencia, pero me da que no van a tener suficientes. Subo al castillo de proa desde donde hay mejor visibilidad. Olas de hasta tres metros golpean el casco y el buque cabecea como una cáscara de nuez.
Poco a poco, el pasaje va haciendo uso de las bolsas. El frío aprieta y para pasar el tiempo entablo conversación con uno de los guías. Me confirma que va a ser un día duro para muchos. Al parecer se aburre, porque seguimos con la conversación. Todo el pasaje se compone de familias con crios o parejas y nadie le da palique, así que hablamos sobre mi viaje, sobre cómo no, la crisis en España, y el clima de esta parte del mundo. Me sorprende cuando me señala que en su opinión, la mejor época para visitarla no es julio, sino de mayo a junio. Al parecer, en esos meses las temperaturas oscilaron de 20 a 22 grados, hoy apenas llegamos a 10. Según dice, el mes de julio viene a ser el otoño de por aquí. Lamento mi error, pues está claro que mi información venía con un mes de retraso.
Rastreamos los cachalotes siguiendo su ecolocalizador, que utilizan para guiarse y capturar presas en las grandes profundidades donde se alimentan. Sin embargo, dejan de utilizarlo cuando van a emerger, por lo que debido al oleaje de hoy, perdemos a los dos primeros ejemplares. Finalmente, cuando la mayoría del pasaje ya no está en condiciones de ver nada que no sea el fondo de su bolsa de echar la pota, aparece nuestro cachalote. Como siempre, quien decide si esto mola o no, es cada uno. Las hemos pasado canutas para ver la parte superior de la cabeza cuando respira, parte de su lomo y su cola en el aire cuando se dispone a sumergirse de nuevo.
Si quieres ver bien a un cachalote, mírate un documental del National Geographic. Pero si queres interactuar en su medio natural con un bicho de quince metros y que pesa como una manada de elefantes, si quieres ver y oir cómo respira uno de los animales más magníficos del planeta, ven aquí.

Mi decisión es que mola, por eso he pasado por este suplicio para hacerlo, no quería morir sin ver uno. Uno de los guías me confirma que ha sido uno de los mejores avistamientos de la temporada, porque el animal ha emergido muy cerca de la nave. Además, me vanaglorio de estar entre los tres o cuatro de los más de treinta que debíamos ser, que no se ha mareado, aunque reconozco que en algún momento no me atrevía ni a moverme, pues me veía corriendo a por mi bolsa. Recojo la recompensa a mi heroísmo en forma de caldo caliente, mientras lo saboreo pregunto por el animal, pues me pareció que tenía unos extraños bultos en la cabeza. Iva, una guía croata que habla un español perfecto, me informa que el ejemplar 37, que hemos visto, ha estado muy enfermo y ha perdido mucha grasa. Los bultos eran su cráneo. Para los amantes de los animales, el cachalote 37 parece encontrarse mejor y ya va engordando como una ballena, que es lo que le toca.
Falta una hora para tocar puerto y no se me ocurre mejor manera de pasarla que conversando con Iva. Sus verdes ojos parecen ser la mejor medicina contra el mareo. Hablamos de todo un poco, pero sobre todo, nos reimos de la peculiar idiosincrasia de los meridionales, incluyendo a los croatas, que nos impedirían tener un país como Noruega. Al parecer, en Croacia también cuecen habas. Hablamos de su trabajo aquí, está sufragándose sus investigaciones sobre cetáceos haciendo de guía, lleva más de nueve años aquí, pues se ha enamorado del país. Le pregunto qué se siente durante el aislamiento invernal, empieza a contármelo con una mirada perdida, pero nos interrumpe un pasajero que quiere sopa. Me quedo con las ganas de saberlo, pues reiniciamos la conversación con otro tema. Me entero con sorpresa de que todas las campañas de Greenpeace sólo han servido para que los pescadores noruegos se reboten debido al síndrome de “quién coño eres tú para decirme lo que debo hacer en casa” lo que ha tenido un resultado contraproducente. Según parece, la caza de las ballenas estaba menguando en el país, a causa del progresivo abandono de las actividades tradicionales. Pero ha tenido un repunte como consecuencia del rebote. Hasta Greenpeace está rectificando su abordaje al problema noruego. Con cierta amargura, Iva me confiesa su convicción de que al final vamos a extinguir a las ballenas. Yo amplío esa opinión, creo que al final vamos a extinguirlo todo. Por eso estoy aquí.
Al poco aparece otra guía, esta española, preguntándole a Iva si quiere que la sustituya en el reparto de caldo. Conozco esta táctica, se denomina “librar a compañera de un pelmazo”. Iva contesta que está muy a gusto hablando. ¡Vaya! Me siento encantado de que no me considere un plasta, y seguimos nuestra conversación, entre taza y taza de caldo, hasta llegar a puerto.
A pesar de que la lluvia puede impedirme ver bien el paisaje, decido reemprender la marcha por la carretera del Oeste, que va bordeando la costa de la isla de Andoya. Apenas me cruzo con nadie, atravieso pueblos desiertos en medio de paisajes rotundos, agrestes y de una belleza primigenia. El cansancio de la navegación y la lluvia son suficientes para hacerme desear una ducha caliente, así que desisto de continuar y me propongo buscar hotel en la cercana isla de Langoya. La lluvia está teniendo como consecuencia que me aloje en hoteles con más frecuencia de la recomendable para mi economía, pero es que siempre que llega la hora de retirarme, sólo pienso en duchas calientes. Llego a mi hotel con esa idea en la mente, cuando veo que en el baño, esta vez hay una bañera. Imaginaos el resto.



Hoy todo se conjuga para infundirme un estado de ánimo peculiar, una melancolía crepuscular que conozco bien. Todavía no sé si debería repudiarla, sólo sé que me siento a gusto en ella, pero el poso es amargo. Así que si no quieres saber nada de esto, no continúes. Lo que viene es paja mental en estado puro.
Estoy cometiendo demasiados errores, pues me llevo a casa numerosas fotografías de paisajes pero casi ninguna de la gente con la que me voy cruzando, que es lo que me está resultando verdaderamente enriquecedor. Me gustaría llevarme a gente como Hans e Iva entre mis recuerdos. Ahora es demasiado tarde y lo lamento. Cuando conozco a este tipo de gente, apátridas de todas las nacionalidades que se buscan la vida por todo el mundo, siento una sana envidia, si es que existen envidias sanas. Probablemente es lo que me hubiera gustado hacer, pero nunca tuve cojones. Si, hablando claro, nunca tuve cojones de hacerlo.
No reniego de mi vida en absoluto, he cometido muchos errores y he pagado un precio muy alto por ellos, pero eso me ha llevado a ser quién soy y aunque he tardado mucho tiempo en hacerlo, al final me estoy reconciliando conmigo. Este viaje pretendía ser una recapitulación, una confirmación de mi autoconocimiento, pero me está resultando desconcertante. Tal vez no me conozca en absoluto.
Recorro los sitios velozmente, nunca he dormido dos veces en el mismo lugar. Voy de paso y me dirijo al sol poniente, como el final de un mal western. Sólo que mi western no acaba ahí, porque lo llevo sobre mis espaldas. Cuando veo o leo historias de soledad, me subyugan, quiero ser Jeremiah Johnson, Major Tom, el Lobo Estepario. Pero la inquietante realidad es otra, porque me siento mejor cuando puedo interactuar con las personas. Si no, mi soledad, mis vivencias, en definitiva, mi viaje, pierde parte del sentido, si no todo. Necesito de Tarek, de belgas anónimos, de Hans, de Iva, de tantos otros. Me sorprendo iniciando conversaciones espontáneamente sólo por el hecho de corroborar mi propia existencia, de no sentirme como un espectro deambulando por el mundo de los vivos. Sentir la compañía de alguien, sentir que importo, ni que sea muy poco y por poco rato, a alguien. Me abro sin reparos a la necesidad de cualquiera de sentir que me importa, como Iva. Yo me llevaré sus palabras lo suficentemente lejos, para que no regresen. Soy el jinete que cabalga hacia el horizonte y que no van a volver a ver jamás. Nunca pensé que me sentiría así, tan solo.

Escribo demasiado. Temo que eso me impida observar, pero lo cierto es que sigo observando para escribir.

dissabte, 20 de juliol del 2013

Día 15: Skaland – Andenes



Km.: 63
Mientras desayuno, mirando por la ventana el (otra vez) lluvioso día, Hans me recomienda una ruta que incluye tomar un barco que se interna en el Trollfjord, al sur de Andenes, mi destino de hoy. Según su opinión, es el paisaje más impactante de esta parte de Noruega. Está ligeramente apartado de la ruta que tengo prevista, y el barco sale a las tres de la tarde. Trataré de alcanzarlo mañana, pero tal vez no me sea posible por los planes que tengo para mañana.

Salgo bajo la luvia en dirección a una carretera que termina a los pocos kilómetros en una playa de arena blanca. Me detengo aquí largo rato, bajo la lluvia, escuchando el romper de las olas. Prosigo en direción a Gryllefjord, en donde pienso coger el ferry que me llevará hasta Andenes. Por el camino me detengo junto a lo que se anuncia como el troll más grande del mundo. Tengo la sensación de que se trata del tinglado que ha montado el curioso tipo de la entrada para ganarse la vida. Para entrar al interior del troll, hay que pagar. Venciendo mis reticencias y movido por la curiosidad, pago y entro. En el interior, sólo hay una serie de escenificaciones de las leyendas locales sobre trolls. Quizás interesante para los niños, pero para un adulto hecho, derecho y de pelo en pecho como un servidor, absolutamente prescindible. Yo he picado, pero vosotros que estáis sobre aviso, no deberíais.
A cual más feo
Rompe a llover de nuevo cuando me dirijo al muelle del ferry. Llego diez minutos antes de que zarpe. Si llego a perderlo no sale otro hasta dentro de cuatro horas, no puedo dar crédito a la potra que tengo.
Paso el recorrido, de casi dos horas, durmiendo calentito en la cafetería del barco. Andenes me recibe bajo una lluvia torrencial y unas ráfagas de viento que casi me tiran de la moto. Descarto irme hoy de excursión por la costa Este como era mi intención, tal vez mañana. Mi plan B consiste en preguntar el precio de las excursiones que aquí se hacen para observar cachalotes. Encuentro el lugar y Daniele, un italiano que está en recepción, me cuenta en perfecto castellano en qué consiste la excursión. El precio me parece razonable, así que me apunto para mañana a primera hora. Como el clima no inspira a nada más que a recogerse en casa, abandono mi plan de encontrar cabañas económicas y me detengo en el primer hotel que encuentro. El precio también es razonable, me retiro pronto, mañana me espera un madrugón para ir a visitar a Moby Dick.

Día 14: Oteren – Skaland


Km.: 203
De nuevo me pongo en marcha con el cielo encapotado, amenazando con más lluvias intermitentes. Creo que me ha llovido cada día desde Sunne, en Suecia, hace ya... creo que un siglo. Recuerdo las cosas que me han sucedido, pero en ocasiones soy incapaz de recordar cuándo o dónde sucedieron. En cierto modo tengo la impresión de llevar mucho más tiempo en ruta que las dos semanas que realmente llevo. Me siento como si toda mi vida hubiera sido esto. Ayer estuve consultando el tiempo por internet y al parecer voy a tener dos días más de lluvia, con una tregua de un par de días soleados. Todo el mundo me recomienda que no me pierda Lofoten, de hecho, era otro de los objetivos de este viaje. Como pretendo llegar a Lofoten en sólo un día, coincidirá con la lluvias, o sea que me conviene perder un día por el camino. Tengo a la ciudad de Tromso a un tiro de piedra, así que hoy dedicaré parte del día a hacer un turismo más convencional. Me dirijo pues a Tromso.
Nada más llegar, me doy de bruces con un edificio que ya tenía visto antes en alguna parte. Se trata de su moderna catedral. Me detengo para mi primera visita de turista. Desde fuera, el edificio es imponente, me dirijo a la entrada para ver su interior, pero me encuentro con la desagradable sorpresa de que hay que pagar. Mi intuición, a quién suelo hacer caso,  me dice que no valdrá la pena, así que me dirijo a la moto.
Sin embargo, por el camino pienso que por aquí difícilmente volveré y que tal vez me estoy perdiendo algo, así que acoquino las 40 coronas. No tengo moneda local, pero por desgracia, aceptan euros. Digo por desgracia porque salgo con la sensación de que me han tomado el pelo. No debería menospreciar a mi intuición. Francamente, lo mejor de este edificio es el edificio. Dentro hay poco que ver.
A continuación me dirijo al Museo Polar, donde se exhiben diversas cosas relacionadas con las muchas expediciones polares protagonizadas por noruegos.
Tengo que reconocer que a mi siempre me han gustado esas historias, desde la épica carrera al Polo Sur entre Amundsen y Scott, a la heroicidad de Shackleton y sus hombres, así que me ha interesado mucho el pequeño museo. Mi viaje es como un paseo por el parque comparado con lo que hicieron estos tíos. Reconozco que probablemente no sea para todos los públicos. Las penurias de esa gente pasando largas invernadas entre los hielos me han despertado el apetito, así que me dirijo al centro para picar algo.
Me cuesta imaginar, viendo la animación que hay en las calles, que en invierno aquí apenas ven la luz del día. Me pregunto que es lo que llevará a la gente a venir a vivir a estas latitudes, aparte de, como ya me han comentado, los menores impuestos. Finalizo mi visita a Tromso y parto, en contra de lo que tenía previsto inicialmente y por aquello de perder un día, hacia la isla de Senja. Está algo más apartada de las zonas turísticas tradicionales, aunque sin dejar de serlo ya que  obviamente esto es Noruega. Conduzo mi w800 en dirección Noreste para aceder al ferry que me llevará a Senja, esta moto se encuentra como pez en el agua en este tipo de carreteras más estrechas y reviradas. Además, a este ritmo que imponen los noruegos apenas me gasta combustible. Cuando llego al muelle de donde zarpa el ferry, me doy cuenta de que lo perdí por diez minutos, el siguiente sale en dos horas. A veces sucede eso en este tipo de viajes en dónde se va a lo que salga. Pero seguro que hay una buena razón, como siempre. Por el momento no queda más que esperar, pues aquí no hay nada más que el pequeño muelle.
El ferry llega con puntualidad británica y embarco hacia Senja. La espera ha provocado un cambio en mis planes. Mi intención era pasar rápido por Senja para llegar al final de la isla donde otro ferry, que debería tomar mañana, me llevará a Andenes, puerta de las Lofoten. Pero son ya las 8:30, y eso es muy tarde en Noruega, así que busco alojamiento nada más desembarcar. Un cartel me indica un cámping a pocos kilómetros, me dirijo hacia allí. Al llegar, me comentan en recepción que el cámping está lleno. Me temía algo parecido, pues vengo observando por el camino que en esta isla la infraestructura turística es algo menor que las zonas de donde vengo. A mi pregunta de si conoce algún otro alojamiento, contesta que existe un motel a unos 35 km. que podría tener habitaciones. Me propone llamar para saber si es así. Se lo agradezco y efectivamente les queda una. No sé como agradecer al recepcionista su amabilidad, así que le compro algunas de las chucherías que vende. Karma equilibrado. Parto hacia Skaland, la población en la que está el motel, por una estrecha, sinuosa y bacheada carretera. La w800 en su salsa. No tenía idea de lo que esta isla me tenía reservado. En los pocos kilómetros que me separan del motel, atravieso uno de los paisajes más hermosos que he visto jamás. La luz del anochecer ártico proporciona el contrapunto perfecto a una naturaleza desbordada. Tal vez sea una cuestión de gustos, pero este paisaje que veo me conmueve. Cumbres elevadas caen a pico sobre profundos fiordos, en una perfecta conjunción entre mar y montaña. Es único, y me faltan palabras para describirlo. Me comentó ayer el belga que una vez vistos unos diez o quince fiordos, dejan de impresionar. En mis tres viajes a Noruega llevo vistos ya unos cuantos, y siguen impresionándome. Creo que siempre lo harán.

Llego finalmente al motel, en la puerta me encuentro con Hans, un jubilado alemán que se dirige a mi en español. Dice que lleva estudiándolo tres años, lo habla muy bien el condenado. Es un personaje peculiar, habla seis o siete idiomas, algunos tan exóticos como el árabe, que ha ido aprendiendo a base de vivir en los diversos países dando clases de alemán. En la definición de “ciudadano del mundo” de la wikipedia debería haber una foto de Hans. Hablamos un buen rato de viajes, de Noruega, de su vida. “He tenido una vida muy interesante” me dice Hans. No es pedantería, sé perfectamente a qué se refiere con tan sólo ver su mirada, llena de sabiduría y curiosidad. Creo que me gustaría ser como Hans.
Dentro del motel, me atiende una señora ya mayor que en sus mejores tiempos debió ser toda una belleza, aún queda mucha elegancia en ella. Su amabilidad es exquisita, y me obsequia con un té de bienvenida. Me ofrece un pastel de chocolate para acompañar el té, que acepto agradecido. Le pregunto si lo hace ella misma, a lo que asiente. La felicito sinceramente, ella se ríe algo turbada, creo que no suelen decírselo y me ha encantado poder hacerlo. Ella me asegura que he tenido mucha suerte en encontrar sitio, pues en esta época del año el motel suele estar lleno. “¿Suerte? Sí, ya lo sé”, le sonrío.

dijous, 18 de juliol del 2013

Día 13: Alta – Oteren



Km: 325
Observo el cielo y por primera vez en muchos días, parece que la lluvia va a darme una tregua, a pesar de que las nubes siguen amenazantes. Decido prescindir del traje de lluvia, veremos a qué precio pagaré mi atrevimiento. Abandono Alta, en principio, con la intención de llegar a Tromso, aunque va a ser difícil dada la accidentada orografía noruega. Al poco de dejar Alta, me interno por la carretera E6, que avanza serpenteando por las orillas del Altafjiorden.
Para atemperar el cuerpo, me detengo en un café, al estilo de los suecos pero bastante más rústico. Este tiene aspecto de bar rural, no de casita de la abuela, pero el olor de sus peculiares crepes me hace la boca agua.
Al salir, entablo conversación con un belga, que en cierto modo me confirma lo que me parece estar observando. Según me cuenta, es la tercera vez que viene a Noruega, pero no piensa volver dado el carácter de caza al turista y precios disparatados que esta adquiriendo el país en general, y esta región en particular. Viniendo yo de un país en que esa materia casi que se imparte en las escuelas, no me parece tan descarado, aunque no tengo más remedio que darle en parte la razón. El enfoque turístico de esta región, Cabo Norte incluido, es bastante descarado. El belga me recomienda Finlandia, o la gran desconocida, la península de Jutlandia en Dinamarca. Según él, grandes paisajes y gente encantadora. Me apunto lo de Dinamarca para la vuelta, y me despido del belga.
Los paisajes se suceden, a cual más impactante. La carretera revirada y bastante estrecha obliga a tener un ojo siempre puesto en ella, aunque es imposible no ir echando miradas fugaces al fiordo y a las imponentes montañas. El colmo se alcanza en Lyngen. Frente a mi, montañas que superan los 1200 metros se precipitan directamente al mar en un marco de belleza incomparable. Por mucho que os explique, me es imposible contar lo que se siente viajando en moto por esta carretera. Ni tan siquiera los 12º de temperatura impiden gozarla. Tras varias horas sobre la moto, me doy perfecta cuenta de que el descenso a través de Noruega puede requerir bastantes más días que el ascenso por Suecia. La combinación de carreteras estrechas y reviradas con limitaciones de velocidad hacen el avance irremediablemente lento. Aquí, el límite al atravesar una población, y hay unas cuantas, es de 70 a 50 km/h, dependiendo de la densidad de población del núcleo. Lo característico es que los pueblos noruegos son extensísimos, estoy seguro de que para albergar una población de 1000 habitantes se requiere una extensión similar a la que en españa ocupan 10.000 o más. Aquí no hay pisos, las casas están todas separadas, con su jardincito, y a veces las poblaciones se componen de varios núcleos similares al descrito. Pues hay que atravesar todo eso a 50 por hora. Y más te vale hacerlo, porque si no te crujen, según me han contado. No veo mucha policía por aquí, de hecho, no veo en absoluto. Aun así, los 4 o 5 noruegos que me preceden en cada pueblo respetan dicha velocidad escrupulosamente. Tratar de promediar más de 70 km/h va a ser inútil.
Cuando aún me faltan 100 km para llegar a Tromso, me caen encima las primeras gotas de una lluvia que amenaza con aumentar. Como con este tiempo tampoco me apetece pasear por Tromso, lo que era mi intención, decido detenerme a la vista de un hotel de carretera. Resulta algo caro, pero no tengo ganas de volver a coger la moto para buscar algo mejor. El hotel dispone de un pequeño restaurante. En todo el viaje no he hecho ninguna comida decente sentado en una mesa. Sin que sirva de precedente, me dispongo a degustar la sopa de cangrejo de este restaurante, al parecer, famosa en la región.
 

Día 12: Honningsvag (Nordkapp) – Alta


Km: 202
Me tomo el día con mucha calma para asentar las emociones vividas ayer, me levanto tarde y desayuno bien. Abandono la habitación al punto del mediodía, pero me quedo en el hall del hotel para poner al día el blog. No tengo ninguna prisa por marcharme, esa es la verdad. Salgo del hotel en busca de mi moto, absorto en mis pensamientos cuando oigo que alguin me saluda en español. Me doy la vuelta y me encuentro con la camarera del Artico Bar, la de preciosos ojos oscuros. Le comento que seguí su consejo y fui al Cabo Norte ayer, comentamos la experiencia y nos despedimos con un “Bon Viatge”. Olvidé preguntarle su nombre, me hubiera gustado saberlo. Me he sentido bien cuando me ha saludado, estando yo en la luna como estaba, podía haber pasado por mi lado sin que yo me enterase. Pequeños detalles como este son los que convierten un día normal en algo mejor.
Mientras estoy cargando la moto me doy cuenta de que un joven de aspecto pakistaní me está observando. “¿De vuelta a casa?” le pregunto al ver que lleva una bolsa de viaje. Tiene aspecto de inmigrante de vacaciones. Me contesta que no, que piensa volver al Cabo Norte, dado que la entrada al recinto es de dos días. Le comento que yo desistiré de ir de nuevo, las sensaciones fueron tan intensas ayer que prefiero guardar eso como recuerdo y no tergiversarlo con una segunda visita. Para mi sorpresa, me dice que ya tuvo ocasión de verme. Al parecer, en cierto momento dudó sobre si pedirme que le hiciera una fotografía, pero al verme tan concentrado en mis sentimientos prefirió no molestarme. Agradezco el gesto que tuvo, pero le digo que en otra ocasión haré esa fotografía. Nos despedimos encajando las manos, tengo la certeza de haberme topado con una persona muy sensible. Le deseo lo mejor.
Ayer sentí algo, extraño e intenso. No tenía mucho que ver con el lugar, aunque ciertamente la fantasmagórica luz del sol de medianoche creaba el entorno adecuado. Tal vez el cansancio de tantas horas de moto para llegar aquí también ayudara a construir esas sensaciónes que tuve, me sentí aislado de lo que me rodeaba, atemporal, en otro mundo. Hoy no estaba seguro de que eso hubiera sido real. Tal vez por eso apareció el pakistaní para confirmármelo. Temo darme la vuelta y que ya no esté.
Reposto aquí, en Honningsvag, donde aprovecho para tomar un café. Estoy en un estado de calma total cuando se me acerca un noruego embelesado por mi moto. En el estado en que está y aún atrae miradas. Después de deshacerse en alabanzas, al final me dice que le encanta y que me la compra. Lee rápidamente en mis ojos: mi moto no se vende, ni por todo el oro del mundo. Al poco, dos alemanes abandonan sus BMW para venir también a verla, a los que se suma un tercero. ¿Me imagináis henchido de orgullo? Pues acertáis. Parece como si la moto, después de haber regresado de Cabo Norte, esté envuelta en un aura especial. La misma que me envuelve a mí.
Emprendo la marcha, de regreso por el camino que hice a la ida. Aprovecho para admirar el paisaje que ayer, con el piñón fijo en llegar, había pasado por alto. Por el camino me cruzo con un montón de moteros en su camino de ida, los saludo como es habitual, pero hoy me siento diferente. Ayer yo era tan sólo un novicio ansioso por llegar que saludaba a los maestros en su regreso. Hoy me siento como si hubiera cursado un máster sobre alguna cosa que no está al alcance de cualquiera, como si estuviera ocupando una plaza a la que el resto todavía está opositando. Hoy me siento sabio y así saludo a los novicios que suben: uves, saludad al maestro. No sólo he cubierto un hito motero. Alguna cosa me ha pasado en Cabo Norte.
Cambio de dirección hacia Alta, alcanzo una zona de obras en donde me da el alto una pelirroja imponente con un pirulí rojo. Si, señores, allí en donde nosotros ponemos un tio feo, esta gente pone una pelirroja. Para matar el tempo, le pregunto que tan lejos queda Tromso. Con un mohín encantador, me responde que esa es una pregunta demasiado difícil para hacerle a una mujer, calcular una distancia... Le propongo que lo haga como los pescadores, extendiendo los brazos.''Hasta Alta así--cosa de un palmo--, hasta Tromso así"–extiende los brazos. Hacia Alta, entonces.
Finalmente, la pelirroja me deja continuar mi camino y llego a Alta, dónde encuentro alojamiento en una cabaña más que decente, atendido por una joven mucho más guapa de lo que se piensa, aunque creo que no lo sabe porque no es alta ni rubia. Me indica un lugar para lavar la moto. Estoy con el chorro un buen rato sobre los cromados, la maldita arena de las carreteras suecas se ha pegado como cola de contacto, creando una pasta infame con la bírria de grasa que tengo para la cadena.

La dejo en un estado que, ahora sí, da gusto mirarla. Si la viera ahora el noruego de esta mañana, sería capaz de asesinarme por ella. En eso pensaba cuando escucho un motor que se detiene a mi lado. Es tipo sobre una Triumph. Nos quedamos mirando los dos y asentimos a la vez con la cabeza, nos hemos entendido. Le comento que la maravila que está viendo me ha traido desde España. Se mueve para mirar la matrícula y vuelve a asentir.
Vuelvo a la cabaña, la moto da la sensacion de que es otra, como si le hubiera insuflado vida. Mañana toca lucirla por la mítica carretera E6.



dimarts, 16 de juliol del 2013

Día 11: Karesuando - Nordkapp



Km: 548

Como no podía ser de otra manera, inicio la ruta con lluvia. De todos modos, ya la he incorporado a mi rutina, como la gente de por aquí. Me propongo llegar hoy a mi anhelado destino, pocas paradas sólo para repostar. Sin concesiones. Voy cómodo, disfruto del paisaje y la conducción. En una parada a repostar, cruzo algunas palabras con un alemán que, cómo no, va en su BMW. Le pregunto qué tiempo se tarda en llegar, a lo que me responde que unas cinco horas. Bueno, añade, tal vez yo algunas más, ya que el puede ir más deprisa. Vaya, eso me ha tocado el orgullo. Pienso saludarlo cuando llegue, desde lo alto de la bola del mundo en Nordkapp. Pasado Kautokeino, debo decidir qué carretera seguir. Hacia Alta, mejor carretera (al menos sobre el mapa) o la opción de los machos, hacia Karasjok. ¿Qué pensáis que hice? Gracias pero no, elegí Karasjok. La carretera resulta muy interesante, atravesando unos paisajes de bosque ralo y aspecto atundrado, siguiendo el curso de un río salmonero, da la sensación de que en cualquier momento veré un oso pescando.
Sigo concentrado en la ruta, en llegar. Falta ya tan poco... No me detengo a pensar en el dolor de los múltiples cortes que tengo en los dedos, en donde la carne se une a la uña. No sé ni cómo me los he hecho, han ido apareciendo cada día, probablemente por el frío. Tampoco me importa el intenso dolor en mi mano derecha, que me irradia hasta el codo y que me ha obligado a atravesar Suecia dando gas con el pulgar y el índice. Sigo. Debo llegar. Las aves que revolotean sobre mi cabeza ya no son los habituales córvidos, son aves marinas. Huelo el aire, olor a salitre, olor de mar. Estoy cerca. Lakserv, 190 km. hasta Nordkapp. Puedo hacerlo. La carretera prosigue bordeando un fiordo, el primero que veo en este viaje. Cada metro de este sitio merece una foto, pero yo no puedo detenerme a hacerla. 140 km. Serpenteo por un paisaje de aspecto ártico, los árboles han desaparecido hace mucho. 120 km., rebaños de renos cruzan la carretera. Atravieso varias poblaciones, no me queda más remedio que aminorar la marcha a los sufridos 50 km/h cada vez. 80 Km. Queda menos.

Llego hasta un túnel de 3,5 km. Al entrar me quedo completamente ciego, el túnel empieza con una curva a izquierdas que hago sin siquiera verla. De un manotazo me subo la visera del casco y muevo las gafas de sol para poder ver. Está oscuro como la boca del lobo, estrechísimo y húmedo. Es una trampa mortal, el túnel serpentea en varias curvas, algo demencial. Consigo salir de allí, milagrosamente, con vida. Sigo adelante hasta el siguiente túnel largo, que tiene que llevarme a la isla en donde está la ciudad de Honningsvag y Nordkapp, el Cabo Norte. Tengo que atravesar el océano a través del túnel, que se hunde 3 km. con una pendiente del 10%, casi tan oscuro como el anterior, se hunde en las entrañas de la tierra. Si no fuera por el frío intenso, pareciera que me conduce directo al infierno. Un sonido ensordecedor se acerca hacia a mi, no veo vehículo alguno, pero el grito aumenta de volumen como si fuera un dragón enloquecido. Me estoy asustando. Paso bajo el origen del ruido, ahora es absolutamente demencial, multiplicado por el claustrofóbico encierro del túnel. Supongo que son los conductos de ventilación, aunque no he conseguido ver nada. Llego al fondo, tras un rellano, el túnel se curva y empieza a subir por una pendiente brutal. Es el sitio más alucinante por el que he conducido jamás y estoy completamente solo aquí. Solamente veo una hilera de luces amarillas que empiezan sobre mi cabeza y se alejan hacia la negrura. Al túnel lo pierdo de vista a los pocos metros. Tras una subida eterna, llego hasta la superfície, cerca de Honningsvag. Casi he llegado, quedan 32 km. hasta el Cabo Norte, aunque decido buscar primero alojamiento con la intención de partir hacia allá y poder ver el sol de medianoche, aunque dado que no han parado de caer duchas intermitentes, tal vez no pueda verlo.
Como voy bien de tiempo, decido hacer una visita al Artico Bar, ahora aún más famoso por haber salido en el programa Españoles por el Mundo. Como sé que está regentado por españoles, me dirijo a la chica del mostrador en castellano. Me miran unos preciosos ojos oscuros, brillantes. Me venden un bono con derecho a dos chupitos, me visten con una capa térmica y entro en el famoso local, hecho enteramente de hielo. Hablo durante un buen rato con Tarek, catalano-libanés y ciudadano del mundo, es muy curioso estar hablando catalán en uno de los bares más famosos del mundo, a cinco grados bajo cero.
Sin cachondeo, que Tarek es jugador de baloncesto...
Tarek es un chaval encantador, hablamos un buen rato y me revela la cara más oscura de la sociedad escandinava, esa de la que habla el detective Wallander y que sólo puede verse viviendo aquí. Tras un rato bromeando con el dueño y la chica de ojos preciosos, me retiro a comprar comida al supermercado, opción económica que me sugieren todos aquí si quiero sobrevivir el tiempo suficiente sin tener que pedir repatriación al consulado. Descargo la moto, me quito el traje de lluvia y emprendo el camino final hacia Nordkapp.
La moto parece ir mucho más ligera, no sé si es por la descarga del equipaje o porque, como yo, arde en deseos de llegar al Cabo Norte. Sigo por la carretera enlazando una curva tras otra, subiendo y bajando repechos entre un paisaje ártico solitario e imponente. Llueve, pero no voy a ponerme el traje de lluvia. Mi moto sube mojándose y yo voy a hacerlo con ella. Tras superar un repecho, veo una curva que me resulta familiar, un cartel azul y blanco anuncia la llegada a Nordkapp en 500 metros.
Grito de alegría dentro del casco, no recuerdo exactamente qué estoy diciendo, me río y de repente estallo en lágrimas. Hemos llegado. Mi moto ha llegado hasta aquí, yo tan sólo la he guiado. Estoy en el Cabo Norte sobre una w800.
Entro en el complejo, tras abonar la entrada. No me importa demasiado el tinglado turístico que han montado aquí, no va conmigo, yo estoy por otra cosa. Aunque por supuesto, me dirijo a la famosa bola del mundo a la que se accede atravesando el complejo. Camino lentamente hacia ella, sintiéndome muy extraño. Agotado, aliviado, relajado y emocionado. Tal como me dijeron en el Ártico Bar, es un buen día para subir pues no hay cruceros, hay relativamente poca gente. Pido a un turista que me haga la foto de rigor.
 

Paseo por el centro, miro el documental en formato panorámico, hago un poco todo lo que se supone que debe hacer por aquí un turista.

Salgo de nuevo fuera, y me dirijo a la punta del cabo. En el cielo las nubes pasan deprisa, todo está envuelto en una atmósfera irreal, acrecentada por mi peculiar estado de ánimo. Sé que voy a ver el Sol de Medianoche, así que preparo mi ipod para que lo acompañe con la música adecuada. En el momento en que suenan los primeros acordes del Adagio en Re Menor de John Murphy, el sol me recibe.

Me siento demasiado torpe para describir con palabras lo que siento. La mezcla de cansancio, la luz extraordinaria que adquiere el cielo en esas latitudes, el Mar de Barents uniéndose tras el horizonte a hielos eternos, la música que contribuye a crear una sensación de trascendencia que va muchísimo más allá que un viaje en moto. Tengo atisbos fugaces de lo que es importante. No puedo recordarlos, los olvido porque sé que seguirán revelándoseme en los próximos días. Pero estoy tranquilo, sumamente relajado y tranquilo, y por lo tanto sumamente feliz. 
Suena el teléfono, ya sé quien es. La más importante. 

Gracias, gracias, gracias