dimarts, 6 d’agost del 2013

Día 31: Oslo – Angelholm


km: 485

Parto al mediodía de Oslo, como si me resistiera a marchar. Me espera un día de retorno sin contemplaciones. La carretera de Oslo a Goteborg me es en parte desconocida, aunque la recorrí hará más de 20 años, pero no tiene demasiado interés. No me fijo demasiado en el paisaje porque voy conduciendo y pensando en todo lo que me ha sucedido. Tengo esa extraña sensación de relatividad temporal que suele acompañar a viajes prolongados. Recuerdo todo lo sucedido en el viaje como si hiciera meses que pasó, sin embargo tengo la impresión de que todo ha durado un suspiro. Por otra parte, me parece que solo existe el viaje y toda mi actual vida se reduce a esto, como si no hubiera nada más. Siempre he estado aquí y lo demás pierde su dimensión, se desvanece como una ilusión, como un sueño.
El último softis
Fugazmente creo ver en el otro carril de la autopista a alguien sobre una w800, avanzando hacia el Cabo Norte con el corazón ilusionado absorbiendo cada segundo de vida mientras es casi consciente de que un mes más tarde alguien descenderá por el otro carril, más viejo, tal vez más sabio y mucho más cansado. Y envuelto en melancolía, lo verá en un instante de ensoñación, cerrando un bucle temporal eterno. Siento un nudo en la garganta. El viaje ha terminado. No estoy seguro de ser la misma persona que partió hace más de cuatro semanas. Probablemente si, pero ha habido ciertos cambios, ciertos matices importantes que ya no son los mismos. No estoy seguro de si seguiré escribiendo este blog, es posible que lo haga solo si sucede algo digno de mención. O quizá lo haré para no romper la continuidad del relato. O tal vez sólo escriba las conclusiones finales. En fin, ya se verá. Es tarde y estoy cansado. Me dirijo a casa, tengo ganas de ver a los mios.
Me queda la agridulce sensación de haber hecho una gesta, pero una gesta anónima, como el soldado que yace en una tumba olvidada cuyo valor o cobardía nadie conoce; no se sabe qué ocurrió, donde ni porqué. Solo el desconocido soldado tiene esas respuestas.
Regreso de este viaje, que hemos hecho, de algun modo, juntos. Gracias por acompañarme.
Gracias, w800.

dilluns, 5 d’agost del 2013

Día 30: Oslo


Primer día de 0 kilómetros que me tomo en todo el viaje. El clima con que me he ido encontrando me ha impedido adquirir el ritmo que tenía previsto, ya desde los primeros días en Suecia, así que no me tomé ninguno. Sin embargo, no podía rechazar pasar este día con mi família en Oslo. Muchas gracias a Jordi, mi hermano y a Nina su mujer por su hospitalidad y cariño. Besos a mis sobrinos Pol i Anja, siempre me arrepentiré por el hecho de no haberlos disfrutado más en la vida, uno de mis peores errores.
Gracias a Kristin y Raydar, por su amabilidad y sus pizzas caseras. He pasado un día fenomenal y si no fuera porque se me acaba el tiempo abusaría de vuestra hospitalidad unos días más.
He tenido tiempo de revisar la moto y me avergüenza decir que lo único que le pasaba, por suerte, se debía a mi descuido. La cadena precisaba de engrase después de tanta lluvia y el hecho atravesar zonas embarradas en obras. Como los kilometrajes han sido cortos, no pensaba que lo necesitara. Pero las carreteras noruegas pueden ser bastante exigentes con la mecánica. Lo siento w800, no volverá a pasar.

Día 29: Hjelmeland – Oslo


Km: 430

Aun con los camastros tipo Auschwitz de mi cabaña, he dormido fenomenalmente. El peor sitio quizás, pero que me ha proporcionado las mejores horas de sueño. No hay nada como estar cansado para dormir bien. Y no puede decirse que Thor haya estado ocioso esta noche, pues ha sido un incesante estallido de rayos y truenos con fuertes vientos. Lo sé porque la silla que tenía ayer frente a mi cabaña está a cien metros de distancia, tirada por ahí. Yo solo recuerdo haber levantado un párpado, ser consciente a medias de la movida y seguir durmiendo como un bebé. El aire es denso y caliente, lo que me hace presagiar un día de tormentas cuando esta masa de aire choque con las cercanas montañas. Ante esta perspectiva, salgo con el traje de agua puesto. Subo al cercano ferry. El calor y el grado de humedad me hacen insoportable el andar embutido en el traje de agua, así que me lo quito y lo ato en un lugar accesible. Inicio mi aproximación a Oslo por la carretera 13, número de mal agüero, pero que a pesar de ser más revirada, es más corta que la ruta que bordea la costa por el sur del país. Paso parte de la mañana jugando al gato y al ratón con un sinnúmero de tormentas, en todas partes observo muestras evidentes de que ha descargado un chaparrón, pero el 13 me da buena suerte y ninguno me ha pillado debajo. Sin embargo, al mediodía me doy cuenta de que estoy completamente rodeado, así que me enfundo por enésima vez el traje de lluvia. Al poco rato me cae encima un tormentón con abundante aparato eléctrico, que por su densidad tengo el presentimiento de que me acompañará el resto del día. Con lo que me cae encima, no me detendré a tirar fotos. Una verdadera lástima, porque el paisaje es, como siempre, sublime. El tráfico y la tempestad me obligan a una marcha bastante lenta. En un determinado momento, me encuentro circulando detrás de dos autocaravanas alemanas que dado la estrechez de la carretera, no se deciden a adelantar a un ciclomotor. Vamos a 40 o 50 km/h. La primera de las autocaravanas se arma de valor y adelanta al ciclomotor pero la segunda no lo ve nunca lo suficientemente claro. No hay mucho espacio, pero mi moto cabe perfectamente entre la autocaravana que tengo delante y la pared vertical de mi izquierda, así que me decido a adelantar. A la derecha solo tenemos un precipicio y el fiordo abajo. Justo entonces, el alemán se decide a adelantar al ciclomotor. Yo me encuentro a su lado en plena aceleración. En un fugaz pensamiento, tomo consciencia de que el momento es peligrosísimo. Me está cortando la salida, no tengo espacio por el que pasar y si sigue abriéndose a la izquierda va a echarme de la carretera. Más a la izquierda de mi moto no hay arcén, sólo una zanja de más de medio metro y la pared de roca. Si meto la rueda ahí voy a caer con toda seguridad y solo puedo hacerlo sobre la carretera o golpeando la pared. En ambas situaciones acabaré sobre la carretera y la autocaravana me arrollará. El suelo está mojado, no me inspira la más mínima confianza, pero clavo ambos frenos rogando que la rueda delantera no pierda agarre. Intento quedarme atrás y buscar escapatoria por ahí. Creo que el alemán finalmente me ha visto, pero no puede moverse porque al otro lado tiene el ciclomotor. Sigo forzando la frenada, veo con alivio que estoy consiguiendo quedarme atrás mientras observo con incredulidad como la rueda delantera aguanta el frenazo y mantiene la línea a menos de un centímetro de la zanja. El corazón me late a ritmo de infarto cuando consigo escapatoria detrás de la autocaravana. El del ciclomotor no se ha enterado de nada. Unos metros después me sitúo a la par de la autocaravana y le grito toda una serie de recuerdos a su madre y su familia. El alemán junta las manos pidiéndome perdón. Mejor acelero y lo pierdo de vista. Estoy inundado de adrenalina, soy plenamente consciente que acabo de salvar una situación de extremo peligro, la peor que he tenido que pasar no ya en este viaje, sino desde que tengo esta w800.
De pronto, me parece  escuchar un extraño ruido proveniente del motor, más evidente a bajas revoluciones. Me recorre un escalofrío al pensar que puedo estar a punto de tener una avería grave, así que me detengo a inspeccionar la moto. Acelero la moto en parado y no escucho ruido alguno. Coloco el caballete y engrano una marcha, oigo el ruido aunque levemente. En orden de marcha el ruido es mucho más evidente, sobretodo cuando le pido tracción con el puño del gas. Puede ser un problema de transmisión. Me quedan unos cien kilómetros para llegar a Oslo, así que decido conducir hasta allí con sumo cuidado, evitando fuertes demandas a la mecánica. Una vez allí, en casa de mi hermano podré revisar la moto a fondo. ¡Por favor, w800, no desfallezcas ahora! Vuelvo a pensar que tal vez no debería haberle pedido a la moto que me acompañara en este viaje. Pero sin ella, no hubiera sido ni remotamente lo mismo. Gran parte de la gente que se ha dirigido a mi ha sido gracias a la atracción que produce esta maravilla que se sacaron de la manga los de Kawasaki. Finalmente llego a Oslo y encuentro con cierta facilidad la casa. Dejo la moto en el jardín con la intención de revisarla mañana, en el día de descanso entre familia que tengo previsto tomarme. Durante el resto de la tarde no puedo dejar de pensar en la moto como una amiga que está enferma, más que como una máquina que funciona mal.

diumenge, 4 d’agost del 2013

Dia 28: Stavanger – Hjelmeland


Km: 125
Salgo temprano de Stavanger. Probablemente la cabezadita de ayer por la tarde me rompió el sueño, porque he dormido bastante mal, me he despertado muy temprano y me he despejado completamente. No importa, así aprovecharé mejor el día. Desayuno fuerte, porque ayer leí en internet que la subida a la Preikestolen es bastante exigente, no tanto por la distancia a recorrer, sino por el estado del camino. Pienso que no va a ser para tanto, este es un país en que todo está bajo control, ¿no?. 
Recorro los 25 kilómetros que separan Stavanger de la Preikestolen con suma lentitud, porque el tráfico es bastante intenso. Presumo que no todos vamos al mismo sitio, aunque la lectura de ayer también me reveló que en los últimos años las visitas a la famosa roca han aumentado hasta el punto de la masificación. A ver qué me encuentro. Llego al punto en donde un párking inmenso acoge a los visitantes que llegan en automóvil por solo cien coronas, las motos tenemos permiso de continuar hasta el final y aparcar por el módico precio de 20 coronas. Me está escamando tanto turisteo. Me preparo para la ascensión vistiéndome con ropa ligera, aunque me dejo puestas mis botas de moto porque son de una hechura similar a las botas de montaña. Me informo de que la ascensión dura como mínimo dos horas, así que voy al chiringuito que, cómo no, han instalado aquí y me surto de bebida y chocolate, energía cien por cien para asegurar una ascensión sin problemas. El día es extrañamente caluroso, tal vez el primero desde que abandoné Dinamarca. Ya no me acordaba de esta sensación.
Inicio la ascensión “alegro vivace” convencido de que mi estado de forma supera el nivel medio de los turistas que estoy viendo: familias con niños, ancianos, señoras entradas en carnes, esto va a ser pan comido. Tras un corto primer tramo muy empinado pero de camino fácil y aplanado, éste se transforma en un camino de cabras, con rocas sueltas y raices de árboles. Sigo al ritmo “alegro vivace” convencido de que este tramo no va a durar demasiado. Pronto me doy cuenta de mi error, al percatarme de que no solo no va a mejorar, sino que visiblemente empeora. Empiezo a resoplar como el cachalote de Andenes y decido reducir el ritmo a “alegro ma non tropo”.
Tengo el convencimiento de que la verdadera Trollstigen o escalera de los Trolls, es esta en la que estoy ahora. En algunos tramos han dispuesto rocas a modo de escalera, pero con unos escalones irregulares de 50 centímetros o más. Es un rompepiernas. Además, la gran cantidad de gente que asciende, combinado con la marea humana que desciende convierte la ascensión en un continuo detenerse para dejar pasar al crío, a la señora o al anciano caballero. Me sorprende ver a críos de corta edad, y como digo, gente ya mayor subiendo por aquí.
Seguro que tampoco se informaron bien. La autoestima me aumenta de manera directamente proporcional a la distancia a la que voy dejando a mis compañeros iniciales de ascensión, sólo me siguen el ritmo jóvenes noruegos o noruegas, esta raza es fuerte de narices. El dolor en los gemelos me obliga a adoptar un ritmo de “andante” porque creo que queda todavía mucho trayecto por recorrer.
De vez en cuando me adelanta alguna “liebre”, pero debe detenerse al poco rato para retomar oxígeno mientras que yo, con la táctica de la tortuga, llevo puesto el diesel y asciendo lento pero seguro. De vez en cuando me veo forzado a reducir la marcha, adelantar a familias de siete miembros no resulta fácil aquí, brincando entre las rocas de lo que se supone que es un camino. Es como adelantar a un cuatro ejes en una carretera de montaña. Luego del adelantamiento, hay que mantener un ritmo fuerte para justificar el mismo, lo que en ocasiones se me premia con un flato de campeonato. Es increíble la cantidad de gente que estamos subiendo por aquí, resollando y sudando litros. Si nos obligaran a hacer esto estallaría una revolución. De vez en cuando, un pequeño rellano ayuda al organismo a reponerse. Incluso hay tramos de bajada, dado que en la ascensión se suben y bajan toda una serie de repechos, aunque las bajadas por este pedregal son tan jodidas como las subidas. Yo me las miro con el recelo de quien sabe que luego estas bajaditas van a ser subiditas. Termina la zona boscosa y se abre una planicie cubierta de pequeños lagos que son una bendición, mucho público se encuentra aquí dudando entre continuar o comprarse una postal y decir que ya lo ha visto.
Yo prefiero no detenerme mas que un momento para refrescarme la cara junto con un perrito (los han traido a cientos, los pobres). A cada momento, la apariencia del camino me enciende la falsa esperanza de que ya estoy llegando, pero no, la agonía continúa. En lo que parece el tramo final, rios de gente subiendo y bajando recorremos la orilla de un risco que en caso de caer, no sólo ves tu vida en imágenes sino que tienes tiempo de ver las vidas de varias de tus reencarnaciones. Se me hace imposible de creer que aquí no haya pasado nunca un accidente, ya sea subiendo por los empinados pedregales, en donde una caida puede costarte varios metros de ir rebotando entre peñascos, o que un simple resbalón o empujón de algún torpe te lance a una caida libre de trescientos metros. Tengo la sensación de estar llegando a la cima porque el viento que gracias a Dios está ayudándome a evaporar el sudor, ha pasado a fuerza doce y ahora sopla un verdadero huracán. Tras los últimos equilibrios por un risco que da hasta miedo mirar, llego a la famosa plataforma. He tardado hora y media, media hora menos de lo previsto, lo que para un cincuentón trasnochado no está nada mal.
Parece mentira que la Naturaleza haya construido ella sola algo así, de una geometría casi artificial. El viento aquí es ciclónico, brutal. Mi intención es sentarme en el borde del acantilado, pero es tal la fuerza del viento que lo único que tengo agallas de hacer es tumbarme y sacar la cabeza por el acantilado. Aquí tengo la confirmación absoluta de que jamás me dedicaré a la escalada. Solo de imaginarme aferrado a una roca a una altitud semejante me da escalofríos. Reconozco que nunca he comprendido esta afición. Puedo entender lo que se siente al conducir a trescientos por hora, pero desear estar colgado de una cuerdecita de un sitio así, o peor aún, sin cuerdecita, es algo que escapa a mi raciocinio. No tengo vértigo, pero el abismo que tengo justo bajo mi cara me deja tan impresionado que casi me mareo. Me estoy un buen rato aquí, descansando y disfrutando de unas vistas que en verdad son maravillosas, aparte de que viendo la subida, sé que la bajada va a ser otro suplicio. Os ahorraré los detalles sobre el terrible dolor de pies, rodillas y demás articulaciones y músculos que incluyen varios que ni conocía, que han hecho de mi descenso una tortura, aunque llevada en silencio y con hombría. Aunque para hombría la de estas muchachitas noruegas, que parece que estan hechas de otra pasta, de verdad. No les puedo seguir el ritmo y eso que no desciendo despacio, precisamente. En total, he empleado tres horas y veinte minutos, incluyendo el rato pasado arriba. Os aseguro que es una buena marca, no tengáis la más mínima duda. Yo al menos me siento dolorosamente orgulloso.
Mientras me recupero, o más bien mientras trato de recuperarme, llamo a mi hermano por si está en su casa de Oslo, con su familia política. Como si que estan, decido de nuevo cambiar mis planes sobre la marcha y hacerles una visita. Desde Stavanger a Oslo hay seis o siete horas, por lo que en el estado en que me encuentro, sé que no las voy a hacer. Al subir a la moto y hacer algunos kilómetros me doy cuenta de que el cansancio de la caminata está afectando mi capacidad de atención. Además, el bochornoso día está provocando tormentas ocasionales con mucho aparato eléctrico que me dan un par de reparadoras duchas, pero que aumentan el peligro de caida. La cosa se está poniendo bastante fea cuando llego a un nuevo ferry. Aunque casi no me he movido de sitio bajo los parámetros noruegos, decido no coger este ferry y dirigirme al hotel que se anuncia en el muelle. El hotel resulta ser un camping que ofrece cabañas o habitaciones en el edificio principal. La dueña es una extraña anciana que parece salida de una película de terror, y presumo que algo senil, pues me hace las mismas preguntas varias veces. Me da la risa floja, pero no tengo demasiada elección, porque se me echa encima un temporal. Descargo la moto y salgo zumbando al supermercado que he visto en el muelle. De camino al super paso por delante de un lujoso hotel SPA. ¿Porqué no se habrá anunciado este también? Bueno, tampoco le va a venir mal a mi economía un breve respiro. Creo que voy a dormir en el peor lugar desde que salí de España, sin duda. En el supermercado me cierran la puerta en las narices, porque es ya tarde y van a cerrar, pero consigo convencer a la encargada de que me de un minuto para comprar mi desayuno de mañana. Me da dos. Suficiente.

Dia 27: Fitjar – Stavanger


Km: 160
 Hoy debo terminar el tramo de carretera que me quedó ayer por hacer. A causa de la climatología, he tenido que cambiar mis planes. En un principio, debía llegar ayer a Stavanger y hoy subir a su famosa Preikestolen, pero lo que haré es una visita a la ciudad esa tarde y mañana subiré al afamado mirador. Según dicen, mañana el tiempo mejorará, así que esta vez el retraso ha jugado en mi favor. En principio, abordaba estos 160 kilómetros que me faltaban como una etapa de transición, pero en este país no hay transiciones que valgan. El paisaje siempre merece un vistazo y detenerse de vez en cuando. Las previsiones para esta tarde son de lluvia, como no podía ser de otra manera, así que paso la tarde en el hotel ordenando mis fotos, reordenando maletas, secando ropa y echando una cabezadita para recuperarme del cansancio acumulado.
Al atardecer, la lluvia remite lo suficiente como para animarme a salir, de lo que no me arrepiento en absoluto pues Stavanger es una ciudad llena de preciosos rincones. Su casco antiguo se compone de bellas casitas de madera principalmente de color blanco, lo que otorga a la ciudad un ambiente de cuento de hadas. Dejo que el azar dirija mis pasos, como suelo hacer siempre que visito una ciudad, y me pierdo pos sus callejuelas. Al anochecer, parece que la ciudad va animándose, aunque para mi llega la hora de retirarme. Mañana me espera el ascenso a la Preikestolen.

Dia 26: Stryn – Fitjar


Km: 335
Cuando observo hoy el estado del cielo, ya veo que no vamos a empezar bien. Amenza lluvia de la buena. Tan mal veo el panorama que salgo vestido de lluvia al completo. A los pocos minutos de iniciar la marcha se confirman mis malos augurios y empieza a caer una lluvia que va ganando en intensidad conforme pasa el tiempo. Esto no se parece a las acostumbradas lluvias intermitentes, esto está aquí para quedarse. Acompañando la lluvia, un fuerte viento racheado hace que mi avance sea más cauteloso, y por tanto, más lento.
Noruega es un país precioso, de eso no me cabe la menor duda, y la mayoría de sus carreteras pasan por paisajes de ensueño. Pero si por algún motivo tienes prisa, seguro que te da un infarto. La lluvia no me da respiro, tan sólo un par de minutos que aprovecho para tirar un par de fotos, porque el paisaje es, como siempre, espectacular. Como tantas veces por aquí, la carretera llega hasta un muelle en donde un ferry está embarcando a los pasajeros, directamente entro sin detenerme. Vaya suerte, porque no me apetece nada quedarme esperando al siguente ferry a la intemperie con esta lluvia. Aprovecho para apuntar que cada vez que me encuentro con un ferry, es una sorpresa para mi. Tracé los tracks que pretendía hacer directamente sobre mapa en Google Earth y los pasé a formato garmin sin fijarme siquiera si había que tomar ferrys o no, y por supuesto, ni puñetera idea de sus horarios, me entero en cuanto llego al muelle. La opción es arriesgada, porque si bien en zonas pobladas los ferrys tienen una periodicidad bastante razonable, no es así en otros lugares. Casi siempre he tenido bastante suerte, pero eso de llegar y besar el santo como hoy aún no me había pasado.
Este tramo de carretera depara algunas sorpresas. Atravieso túneles de casi un kilómetro sin ninguna iluminación en absoluto. Hasta ahora ya me había acostumbrado a entrar en esos túneles de un sólo carril, o carril y medio, iluminados con unas tenues lucecillas en el techo que apenas te dejan ver por donde vas. Como llevo gafas de sol, yo ni siquiera veo nada más que una hilera de luces en el techo. El truco consiste en mantenerse ligeramente a la derecha de esa hilera e ir haciendo las curvas cuando se te indica. Si, los túneles de aquí suelen tener curvas, algunas bastante cerradas. Con este sistema he salvado la mayoría de túneles, pero he de reconocer que si se me cruza un elefante por delante, yo ni lo veo. Me cruzo con muy pocos moteros, probablemente hoy solo salimos a la carretera los que no tenemos más remedio. A la salida del ferry disfruto de unos minutos de secano, hasta parece que el sol va a dejarse ver tímidamente entre los negros nubarrones. Aprovecho este momento para repostar y comer alguna cosa recibiendo los rayos calentitos del astro rey. Estoy cerca de Bergen, una ciudad de obligada visita, pero que yo voy a saltarme porque ya estuve aquí hace dos años. Debo continuar en dirección a Stavanger, aunque no creo que pueda llegar. El día entero bajo la lluvia y el viento me están agotando. Llego a otro ferry también en el momento justo en que va a zarpar. El tamaño del ferry me hace sospechar que el trayecto será más largo que de costumbre, como efectivamente así es. Me siento muy cansado y voy dando cabezadas, cuerpo y mente me están diciendo que por hoy basta. Decido hacer caso a los dos porque al bajar del ferry la lluvia parece haberme esperado y me recibe con nuevos ánimos. Nada más bajar, me alegra comprobar que hay un hotel en el cercano pueblo de Fitjar. Ese será mi destino.

dijous, 1 d’agost del 2013

Dia 25: Andalsnes – Stryn

km: 172

Empiezo a sentir sobre mis huesos el cansancio acumulado, seguramente el hecho de dirigirme ya a territorios conocidos en otros viajes tampoco ayuda a que hoy no sienta ese punto de pereza al empaquetar de nuevo mis cosas. El cielo está encapotado pero al menos no llueve. Encamino la moto hacia la carretera que debe llevarme a la Trollstigen, la escalera de los trolls. Me acerco a ella por una carretera revirada envuelto en un imponente paisaje alpino. Poco a poco, me adentro en el valle circundado por unas paredes de increible altura. Parece imposible que hayan hecho una carretera capaz de remontar eso. En el 2011 hice el recorrido de bajada, esta vez haré el de subida que me parece que va a ser más impresionante.
Preparo la cámara GoPro porque tengo la intención de grabar en vídeo toda la subida. Llego al fin a la Trollstigen y no puedo evitar sentirme impresionado por la mole que tengo ante mi, mientras veo como esa carretera imposible serpentea hasta la cumbre. Hay bastante tránsito, así que espero a tener via libre para iniciar el ascenso. No quiero grabar un vídeo en que se vea tan sólo la parte trasera de un autocar. Corono la montaña pero no me detengo en el chiringuito turistilla que hay en la cumbre, prefiero seguir en dirección a Geiranger, un fiordo que ya he visto dos veces, pero que no me cansaré de ver jamás. Durante el descenso de la Trollstigen no encuentro demasiado tránsito, así que tengo la oportunidad de curvear un poco. Tras unos divertidos kilómetros, alcanzo la carretera que desciende hasta el fondo del fiordo.
Este sitio merece mención aparte. En mi opinión, un fiordo reúne en un solo lugar todo lo que la Naturaleza es capaz de hacer para lograr un lugar maravilloso e imponente. Pues Geiranger es el resumen de lo que debe ser un fiordo, el colmo, la perfección de algo perfecto. Lo siento, pero no puedo evitar que me cuelgue la mandíbula cada vez que llego hasta aquí. Los transatlánticos del fondo no hacen más que aumentar la monumentalidad del lugar, las mayores obras humanas  pacecen juguetes entre esas paredes cortadas a pico hundiéndose en el agua calma. Sin duda alguna y por muy masificado que esté, por mucho turisteo que haya, Geiranger está en el top ten de los lugares más bellos del mundo. Punto.
Mientras desciendo, me parece ver sobre la superfície del agua pequeñas embarcaciones amarillas, que van en grupo. ¡Son kayaks! Debo deciros algo: cuando vi un fiordo por primera vez, pensé en lo gratificante que sería cruzar una de estas lenguas de mar en una embarcación de este tipo. Al igual que me sucedió con la Atlantic Road y las motos de carretera, yo no había subido en un kayak en toda mi vida, pero supe que eso era algo que también quería hacer antes de morir, como este viaje. En el 2011, volví a pensar lo mismo, pero no tuve ocasión. Entonces, a mi regreso, tomé unas lecciones de remo con la esperanza de que alguna vez se cumpliría mi sueño. Puse en práctica mis recién adquiridas habilidades descendiendo el Sella, que tampoco estuvo nada mal. A lo largo del camino de regreso por Noruega he tratado de encontrar algún lugar donde alquilaran embarcaciones, pero me ha sido tan esquivo como los alces. Vi uno en Lofoten, pero era una excursión de un día entero, a un precio bastante elevado. Sin embargo, está claro que lo que veo son embarcaciones de alquiler. Justamente aquí, en Geiranger, el  lugar que aparecía en mis ensoñaciones cuando pensaba en kayaks y fiordos. Debo encontrar el sitio donde los alquilan cueste lo que cueste.
Algún amiguete reconocerá este sitio...
Una vez en el pueblecito, esquivo a millones de cruceristas para encontrar un cámping que parece ser el que proporciona el servicio. En una tienda junto al mar, encuentro al tipo, le pregunto por el precio y es más que razonable, aunque solo acepta dinero noruego contante y sonante, cosa que no tengo. Me dirige a un edificio cercano, donde hay un cajero automático. Al acercarme veo un papel pegado al cajero con una anotación que indica que está vacío. ¡Malditos cruceristas! No puedo creer lo que me pasa, tengo mi paseo en kayak por Geiranger al alcance de la mano y se me está escapando. No me doy por vencido, y regreso con la intención de conseguir que el tipo me alquile un kayak como sea. “Sólo tengo euros” le digo. “En ese caso, aceptaré tus euros” me dice. No va a permitir que se le escape un cliente, ¡perfecto!
Alquilo por dos horas, sé que querré más pero no tengo más tiempo y sobretodo, forma física para aguantar más que eso. El paseo resulta tan increible como me lo había imaginado. Me encanta el tacto pastoso que tiene el agua al hundir en ella el remo y la sensación sedosa de la embarcación cuando avanza cortando las aguas. En un marco como este, esas sensaciones se elevan al cubo. Estoy remando por Geiranger. Era imposible, pero estoy aquí. Las aguas tienen un color azul tan oscuro que es casi negro. Da la sensación de que se hunde hasta el infinito. Me acerco a la orilla para comprobar la profundidad, puedo ver como la pared se hunde en vertical hacia el abismo. Casi da miedo desde esta frágil embarcación. Hacer submarinismo aquí debe ser como para hacerse caca encima. Tal vez otro año. Empieza a llover, pero no me molesta en absoluto, a fin de cuentas, se trata de un deporte acuático, ¿no?. La lluvia no dura mucho y concluyo mis dos horas al límite de mi resistencia. El remo es un deporte mucho más exigente de lo que parece. Por suerte, me tengo muy bien medido y no me he dejado llevar por el entusiasmo.
Salgo de Geiranger con la sonrisa en la cara por enésima vez en este viaje, esta vez realzada por las endorfinas del esfuerzo realizado. La carretera se empina hasta llegar a una serie de circos glaciares, sobre mi cabeza. Observo un cartel que señala la dirección al punto de vista más alto de Europa al que se puede llegar por carretera. Acepto el reto y tomo dicha carretera, pero al poco me encuentro con una barrera y unas garitas. La carretera es de pago. No hay nadie, el sistema es automático. Inserto la tarjeta en una ranura a tal efecto y... no va. El tipo de detrás mio se impacienta y viene decidido, prueba y... no va. Se organiza una cola de cuatro o cinco vehículos. Aparece una chica de uno de los coches de atrás y consigue que funcione. “¿Cómo lo conseguiste?” pregunto. “Leyendo las instrucciones” responde. Los machos ahí presentes nos quedamos impresionados ante esta muestra de inteligencia práctica, y con el orgullo herido. Leer instrucciones. Nunca se nos hubiera ocurrido. Lo de que “se puede llegar por carretera” resulta un engaño: sólo hay carretera en los primeros 500 metros, luego sigue una pista de montaña, hasta los últimos 500 metros en que vuelve a ser carretera. Trampa. Pero el sitio vale la pena, hay más de un kilómetro y medio en vertical de vista, con Geiranger al fondo. Impresionante de veras.
Al descender caen las primeras gotas de lo que promete ser una buena tormenta. Decido parar y ponerme oooootra vez el traje de lluvia. ¿Estaré exagerando? Veo a dos moteros, uno que va y otro que viene con respecto a mi posición, con el traje de agua puesto. Al menos, va a ser un error compartido. Pero la lluvia arrecia y se acompaña de un viento muy fuerte, haciendo la conducción bastante desagradable y tensa. Llego a la población de Stryn, en donde decido detenerme. La recepcionista del hotel me saluda con una extraña familiaridad, mientras atiende a otro cliente. Cuando me toca a mi y comprueba que su familiaridad no es correspondida, me pregunta si no he estado yo allí antes. Al parecer, me está confundiendo con otro. Le confieso que no, y en tal caso, si es así es que me he perdido. Me confirma que hay alguien dando vueltas en moto por el valle que es igualito a mi. Entonces caigo en la cuenta: ¿será real el Motero de Negro?